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Lost, un éxito apoyado en referencias a la TV, el cine y la literatura

Reproducción
La difundida imagen promocional de Lost, una de las series más exitosas de los últimos años.

Jaime Bedoya
Lima, Perú

Se equivocan quienes piensan que la televisión no sirve para nada. Veamos: sustituye a aquellos padres con mejores cosas que hacer que ver crecer a sus hijos. Hace llevadera las penurias de la resaca. Su tenue rumor luminoso arrulla en los escarceos propios de la intimidad. Y ofrece copiosa información inútil acerca del estado actual de la civilización, entre otras cosas. Aunque, ciertas veces, propicia una entusiasta reflexión acerca de las grandes cuestiones de la vida. No hablo, aunque podría, del canal Playboy. Hablo de la miniserie Lost.

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La premisa es simple, nada original, y conocida por millones de personas alrededor del mundo a las que el siguiente resumen les provocará un honesto bostezo. Si para el lector esto es noticia, el perdido es él: el vuelo 815 de Oceanic Airlines se accidenta en un lugar no determinado ("virando hacia Fiji", último dato de cabina), durante un vuelo Sidney-Los Angeles. Catorce iniciales protagonistas van perfilando como personalidades arquetípicas. El líder responsable, el doctor Jack Shepard (shepherd = pastor); el hombre de fe milagrosamente curado de su parálisis, John Locke (homónimo del filósofo inglés padre del empirismo); Sawyer (buscaproblemas con nombre tributario de Mark Twain); Sayid Jarrah (ex guardia republicano iraquí, experto en torturas); Kate Austen (musa del bien y del mal), sólo por citar algunos, informando a legos sin aburrir iniciados. Diferentes todos entre sí, dos poderosos vínculos comunes los unen. El primero es que sus vidas antes del accidente ya eran un desastre. El segundo es que los inexplicables eventos de la isla, incluidos sus maquiavélicos y eugenésicos habitantes, les ofrecen la oportunidad de repararlas. El precio a pagar está aún sujeto a negociación.

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Las penurias propias de la supervivencia son apenas un pretexto. El trasfondo de este producto, un enlatado a fin de cuentas, es sondear en las profundidades del alma perdida y vuelta a encontrar. ¿Acaso un electrodoméstico tan banal como la TV puede permitirse ser portador de tamaña pretensión? Aquí es donde Lost ha sabido imponer, al revés de Mc Luhan, que el mensaje es el medio. La clave de la serie es que invita, obliga mejor dicho, a que su teleaudiencia participe en la historia, ya que su significado depende de la interpretación permanente que se haga de ella. Su universo -tal como la isla- es un organismo vivo. Los millardos de páginas web y foros de discusión sobre las teorías de Lost (y no de adoración de actores, como es habitual), hablan de la vida propia que la isla tiene en el mundo "real". Oceanic Airlines tiene más de una página web ficticia. Otros han descubierto que la oscura organización Dharma de la serie guarda correspondencia con DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency), agencia real del gobierno americano dedicada a las nuevas tecnologías militares. Es que, como en un laberinto de espejos, la serie abunda, se refracta y multiplica en referencias, claves, subtextos, metatextos y hasta mensajes subliminales: una comunidad se ocupa en escuchar los diálogos al revés en busca de mensajes ocultos. Y los encuentra. De todas las exégesis virtuales, sobresale la Society for the Study of Lost, donde se aborda en serio, por ejemplo, la aparición de un oso polar en una isla de Oceanía.

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La figura de la isla como destino mítico se repite en la literatura. Tanto como ubicación de lo demoníaco como posibilidad geográfica de lo ideal. Tomás Moro lo soñó así en Utopía (1516), donde luego que Utopo cortara el itsmo que unía la isla a tierra firme, establece un sistema de gobierno que asegura el bienestar común. La era de los descubrimientos, gracias a la proliferación de náufragos, le dio a la isla un cariz de accidental y forzado paraíso. Robinson Crusoe (1719), de Daniel Defoe, podría ser un bosquejo pre TV para Lost. Mucho después, El Señor de las Moscas, de William Golding (1954), lleva el naufragio un paso más allá, mostrando que lo peor y lo mejor de la especie se manifiesta, en ese caso en niños, al verse recluidos a las limitaciones insulares. Tales serían solo algunos de los antepasados literarios cultos de la serie. Mucho más frescos en el bagaje de los guionistas, confesión de parte mediante, están iconos populares contemporáneos cuya influencia respira viva en el argumento de la serie, otra razón de su ligazón urbi et orbi. Tal como en Jurassic Park (1993), en Lost aparecen monstruos supuestamente inexistentes en un lugar atemporal. Con la extraordinaria serie La dimensión desconocida (1950) comparte la permanente transgresión de la frontera paranormal. La Isla de Gilligan (1964), y la feliz estupidez del naufragio del S.S. Minow, le heredaron algún gen recesivo. Survivor (2000), reality donde se convierten en náufragos artificiales a un grupo de indeseables que compiten por un millón de dólares, es una versión bastarda del accidente metafísico del Oceanic 815. La influencia de Los Expedientes Secretos X (1993) se refleja en la confrontación fe versus ciencia de los agentes Fox Mulder y Dana Scully, trasladada en la isla entre Shepard y Locke. Y hay un libro de Stephen King, leyenda viva y maestro de monstruos, islas y todo lo que vive bajo la cama de noche, que los propios gionistas de Lost aseguran nunca sale de la redacción: The Stand (1978). Se que en su historia no hay isla. Y que nada más que quien esto escribe no lo ha leído.

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Si he leído La Invención de Morel (1940), del argentino Adolfo Bioy Casares. Esta novela, cuya trama Borges calificó de perfecta, es el diario de un perseguido por la justicia que acaba varado en la inubicable isla Villings, del ignoto archipiélago de las Ellice. En ella este condenado, ante eventos misteriosos y presencias fantasmales, reivindica su existencia a través de una constante que lo rescata de un mundo que le resulta irreal pues el tiempo se vuelve una ilusión. La constante que lo redime es el amor por una mujer. Pero para llegar a ella debe inmolarse. La cuarta temporada de Lost, ahora en curso, introduce en la serie el tema del viaje en el tiempo, sugiriendo que los eventos que el televidente ve "en vivo" son en realidad el pasado. Ante tal disloque metafísico, la única visión lúcida la da una constante, entendiéndose por esta una misma referencia que pueda ser contactada tanto en el pasado/presente como en el futuro. La constante, como sucede en el caso del personaje Desmond Hume, puede ser la mujer amada. Y en esta misma temporada, el problemático personaje de Sawyer apareció leyendo La Invención de Morel en la isla. Con lo que podemos concluir que la historia de Lost ya la había inventado antes, una vez más, un argentino. ¡Grande, Adolfo!, tremendo juego de espejos: es grave estar muerto, pero peor es estar perdido.

» Hable con Jaime Bedoya

Jaime Bedoya G. M. nació en Lima, es periodista y escritor, ha publicado Ay Que Rico (Mosca Azul, 1991), Kilómetro Cero (Mosca Azul, 1995) y Mal Menor (Norma, 2004). Vive en el Perú.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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