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Las lecciones del sifu Saldomando

Javier Zapata/Cortesía
"El Sifu Saldomando fluye todos los días sabiendo que la razón es recta pero el camino es curvo", describe Jaime Bedoya.

Jaime Bedoya
Lima, Perú

El budismo enseña a atesorar al enemigo: sus ofensas nos obligan a crecer espiritualmente. El confucianismo dicta no hacer a los demás lo que no quisieran que nos hagan a nosotros. Por su parte el taoísmo señala que no existe lo bueno y lo malo, ambos forman una misma unidad con la que hay que sintonizar y discurrir. El confucianismo dicta que quien domina a su cólera domina a su peor enemigo. Sumiso, el cristianismo ofrece la otra mejilla.

Y el kung fu ofrece una nutrida variedad de golpes, llaves, patadas y estrangulamientos destinados a neutralizar, temporal o permanentemente, al malnacido agresor. El grado de daño que esta arte marcial confiere varía en una escala transita desde la mera evasión de un ataque, pasando por el golpe directo al cerebro a través de las cuencas oculares, hasta llegar al letal din mak, golpe de la muerte que se aplica manipulando los puntos vitales propios de la acupuntura.

Según equívoca leyenda urbana un golpe de din mak habría matado a Bruce Lee. En realidad el gran maestro de San Francisco fue imprudente víctima de mortal combinación de sexo, cannabis sativa y alergia medicamentosa. Alas tienen los ángeles y los aviones.

El conocimiento de las artes marciales puede darse, cualitativamente hablando, a través de un profesor, de un instructor, o de un maestro, Sifu en chino. El sifu Luis Saldomando practica y cultiva un sistema metafísico de artes marciales en el que combina, además de la fundamental disciplina física, conceptos filosóficos del budismo, cristianismo, taoísmo y confucianismo. Un mix de golpe y abstracción, pero con cable a tierra.

Entra en acción cotidiana, por ejemplo, cuando en un cruce de semáforo a un conciudadano se le ocurre que la mejor manera de afirmar su inseguridad sicológica y satisfacer su cortoplacismo existencial consiste en ganarle el sitio al prójimo, en este caso el sifu inadvertido. Le mete el auto y toca bocina. Añadidamente lo puede insultar, aludiendo indistinta o simultáneamente al color de la piel del sifu (negra), al pequeño tamaño de su auto (Honda Starlet ) o al hecho que al sifu le gusta usar distintos tipos de gorros o sombreros. En una ciudad racista, primaria y retardataria socialmente hablando como Lima, un negro con sombrero manejando un auto pequeño puede ser un perfecto blanco de burla.

Lo que no imagina el patán es que en el preciso momento, y hasta unos segundos antes de que ocurra pues la mente es una espada, el sifu se debate entre responder a la agresión anticipada con una fractura de húmero; o , aplicando lo mejor de su sistema holístico, sonreír deseándole un buen día al cretino. Que no por imbécil es menos merecedor de filosofía en su vida. Un puñetazo no lograr herir a la pulga.

El sifú Saldomando era raro desde pequeño. Obediente y sumiso a los tediosos dictados de la catequesis católica. El ordenaba su ropa y limpiaba su cuarto solo, sospechosa excentricidad en un menor de cinco años que podría haberlo llevado al riesgo trágico de acabar como monaguillo sentado sobre las rodillas de un cura. Su padre, deportista y rudo ex jugador de la viril oncena de Sport Tabaco, era también ex boxeador y nunca retirado peleador callejero, le inculcó la práctica física. El niño tenía la novena inteligencia, la kinestésica, aquella propia de deportistas, cirujano y bailarines, y se desenvolvía con innato talento en cualquier deporte. Pero eso no impedía que en clases le rompieran los libros y le robaran los guardapolvos. No sabía defenderse, menos aún atacar. La televisión, esa subestimada madrastra, le tendió un cable. Por esa época estaba en programación El Avispón Verde. Donde Van Williams, el casi anónimo protagonista, era serialmente opacado por la impecable destreza de su enmascarado chofer, formal sidekick, y verdadero guardaespaldas: Kato. Detrás del antifaz y el personaje estaba Bruce Lee. El joven Saldomando se puso a buscar un maestro de kung fu en la calle Capón, corazón del Barrio Chino de la ciudad de Lima donde se respira el aroma triple de incienso, tausí y pato asado.

No te puedo enseñar, no tengo tiempo, fue la frase tipo con la que más de un maestro sansei, de descendencia china directa, respondían a su inquietud de conocimiento. No se trataba de elemental discriminación. Era más complicado. China es un nombre inventado por los portugueses al llegar a oriente cuando esas tierras estaban bajo el imperio de la dinastía Ching. El verdadero nombre de China es Zhong Guo, País del Centro. Su dimensión y realidad continental - 1.300 millones de habitantes, 56 etnias, 235 lenguas - los hace sentirse la médula del mundo. No cualquier extranjero puede tener acceso a sus conocimientos tradicionales, como el kung fu. A Saldomando no lo estaban discriminando. Lo estaban probando.

Una vez adquirida la fortaleza, lo que a Saldomando le costó 15 años, era menester esculpir la parte grosera. Tallar el jade. Práctico taichi, chikung (manejo del chi), abanico, caligrafía y espadas. Esto suponía dominar las energías sutiles que alimentan las artes marciales y que habitan el cuerpo a través del chi, flujo vital cuyo libre discurrir -o interrupción- define fortalezas, enfermedades y hasta muerte. Es en torno a este circuito vital que opera la acupuntura. Occidente, por cierto, descree de este concepto con la misma solidez con la que cree en el botox.

Lo sutil se sustenta en el ubicuo y trajinado ying yang, entidad filósofica que ha devendido en trajinado logo y símbolo surfero con tendencia al pastrulismo. Originalmente ilustran principios complementarios donde cada cual supone el comienzo y el fin del otro, como el día y la noche. Lo duro, lo masculino - yang - se convierte y fusiona con lo suave, lo femenino, el ying. Todo vuelve a su punto de partida, lo contiene, y se transforma en él.

En la tal vez única entrevista televisiva conocida de Bruce Lee, que hoy habita en la eternidad digital de YouTube, este explica la escencia misma del sistema Saldomando con una frase emblemática que hace futil todo lo dicho anteriormente: sé agua, mi amigo. El agua se adapta al recipiente que la contiene. No importa si el vaso es de oro o de plástico: es la oquedad lo que cuenta. El agua aprovecha el vacío, se vuelve tal, para superar las cirscuntancias y fluir, que es lo suyo. El Sifu Saldomando fluye todos los días sabiendo que la razón es recta pero el camino es curvo. Por eso al sujeto que subestima y agrede en vez de romperle los dientes le muestra los suyos sonriendo. Es la calma que confiere vivir sabiendo que hay un trozo de cielo sobre la cabeza de cada hombre, por más baboso que este sea.

Ahora, si reincide, ahí tiene al kung fu esperándolo.

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