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"Un publicista de la Coca Cola Company lo retrató con una ternura septuagenaria de adorable sobrepeso que el mundo entero entendió como correcta", recuerda Bedoya. En la imagen, participantes de la carrera anual "Great Santa Run", en Las Vegas.
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Jaime Bedoya
Lima, Perú
Mi hija está empezando a dejar de creer en las cosas en que creen las niñas. Últimamente ha escuchado con demasiada frecuencia la palabra cáncer. El otro día su perro desenterró del jardín a su coneja que ella hacía en el cielo de las mascotas. Por primera vez ha hablado de hacer dieta.
Y ahora, en diciembre, los rezagos de su credulidad en Papa Noel están bajo riesgo. Varias de sus amigas, aquellas de padres más prácticos, ya enteradas de la verdad, han sembrado la duda en ella. En su casa no hay chimenea. La otra tarde observaba en silencio las rejas de la ventana, calculando la imposibilidad de que un anciano obeso y con cierto apuro pase entre ellas. De todas maneras, nada se pierde, ya ha escrito con colores y dibujos su carta a Papa Noel. Ella aún no lo sabe, pero será la última vez que lo hace.
El mito pagano de la obra de bien recompensada con un regalo se repite en diversas culturas a lo largo de la historia. La vieja historia del dharma, y su antónimo aleccionador, el karma. La fusión de varias de esas versiones, incluidas la bondad obsequiosa de San Nicolas de Myra en el siglo IV, la mención bíblica de los Reyes Magos, los serviciales duendes escandinavos, el Sinterklass alemán, y la versiones literarias de Washington Irving ( trineo jalado por caballos), o de Clement Clark Moor (trineo jalado por renos), ha configurado un frankenstein benevolente y regalón que hábilmente la cristiandad, sinergia y sincretismo mediante, acabó asociando con la navidad.
Por eso se dan variantes como en España, donde son los Reyes Magos quienes llevan regalos a los niños. En el Perú, durante el gobierno militar del general Velasco en los años sesenta, se impuso al mestizo Niño Manuelito como donante oficial de recompensas infantiles en vez del alienado hombre blanco que venía del frío. Ignorando toda posibilidad de justicia poética, la iconografía oficial de este mito universal acabó siendo definida por la bebida carbonatada más reconocida del mundo. Un publicista de la Coca Cola Company lo retrató con una ternura septuagenaria de adorable sobrepeso que el mundo entero entendió como correcta. Fue un regalo añadido que los colores de su ropa fueran los mismos del logotipo de su botella.
Dejé de creer en Papa Noel la noche que descubrí el insomnio. Debo haber tenido como seis años. Era un 24 de diciembre y no podía dormir porque se acumulaban en mi cabeza las sensaciones de un año que especialmente intenso, 1969. La selección peruana de futbol había clasificado heroicamente para el Mundial de México 70. Aunque lo verdaderamente relevante de esa proeza deportiva había sido su inmediata y móvil consecuencia: salir en caravana por Miraflores con toda la familia, perro incluido, para acabar comiendo gloriosos anticuchos de corazón en El Fogón. Puede ser la última vez que sentí que ser peruano era ser feliz.
Pero ese año una imagen aún más poderosa había impreso un sello en mi mente. Era la visión de unos hombrecitos blancos rebotando sobre una superficie hermosamente desolada y ajena cuyo llamado nocturno aún no descifraba, la luna. Neil Amstrong había dado un pequeño paso allá arriba y con él me había arrastrado iniciándome en los gozos de lo ingrávido y lo solitario.
Sin poder dormir la noche del 24, escuché unos ruidos. Hasta la hora de acostarme el árbol de navidad armado en la sala estaba libre de regalo alguno. Me levanté de la cama con la serena certeza que una ilusión estaba a punto de abandonarme. Mi padre en pijama, suavizando una mirada usualmente severa tras los anteojos y el bigote, sonreía a solas desparramando los regalos para nosotros. Lejos de apenarme sentí una cómoda liberación. Dormí en paz, y al día siguiente abrí con furia el paquete con mi nombre. Era perfecto: el equipamiento para hacer de mi GiJoe un rescatista del módulo lunar recién amerizado. Esa mañana mi padre había vuelto a su mirada severa, con un agregado gesto de yo no fui. Ser peruano era ser feliz y el mundo era perfecto. Si lo tenía a él, ¿para qué querría a un anciano extranjero que se aparecía una vez al año?
Continué convenientemente prestándome a la farsa durante varios años más. Los regalos justificaban los medios. Esto implicaba seguir fomentando entre mis hermanos y primos menores la certeza en la existencia de lo imposible. Una costumbre familiar reunía a una tropa de primos en la casa hacienda del tío Augusto, donde el tío más joven -que misteriosa y oportunamente desaparecía durante media hora- , se disfrazaba de Papa Noel y tras anunciarse por el camino sonando una campana, iba entregando los regalos uno por uno llamando a cada quien por su nombre y a veces hasta reprochándoles algún traspiés en la travesura. No dije nada, fui un cómplice durante un puñado de navidades. Hasta que una de esas, cual posta consanguínea, fui llamado a solas para recibir perfectamente doblado el trajinado traje rojiblanco. Me tocaba. A través del algodón de las cejas falsas constataba con asombro la inocencia en estado puro. Resultaba irreparablemente lejano haber gozado alguna vez de ese estado de gracia.
Mi hija aún confía en su carta dirigida al barbudo imaginario. En salvaguarda del mito los regalos que ella pide ya están comprados y escondidos para no defraudar su ilusión en extinción. Para hacer aún más verosímil la situación le pedí que me acompañara a comprar regalos "normales", de esos que se les hacen a los abuelos. La mascarada salió cara. Supo aprovechar convenientemente la ocasión, saliendo con un par de zapatos y un vestido a cuestas.
Pero la vi hacer algo que nunca le había visto hacer antes. Con una desenvoltura inédita escogió una prenda que ella entendía de moda, y poniéndosela sobre el cuerpo aún por germinar se miraba a sí misma con detallada e impropia vanidad. Duró un instante. Pero esa imagen reluciente y triste a la vez, duplicada en su reflejo, anunciaba el inicio del fin de su infancia.
Pero el tránsito aquél, único reloj imbatible, recién comienza. Además del vestido y los zapatos no pudo irse del centro comercial sin unos muñequitos con los que arma unas ciudades inmensas, barrocas y complicadas, con las que habla a solas y que nadie puede osar desarmar durante días. Ahora mismo hay una en torno al árbol del que cuelga su carta.
Es carta la voy a guardar. Le puede servir algún día de opaco cansancio adulto, de ese que aparece en estas fechas como reacción al consumo ansioso con que torpemente se expresa una amabilidad usualmente temporal. Entonces la podrá leer y reencontrarse a la distancia con su inocencia intacta y a colores.
Si aún estoy ahí, volveré a verla brillar un segundo como cuando se probaba ese vestido por primera vez.
Terra Magazine