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Colombia, a la espera de diez mil desaparecidos

AFP
Manifestantes frente al Congreso de la Nación en Bogotá, en julio de 2004, con motivo de la interpelación a Ramón Isaza y otros miembros de la organización paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia

Todos los días piensan lo mismo: hoy va a regresar. Algunos están pendientes de una llamada telefónica, en otros hogares se mantiene intacto el lugar del desaparecido en la mesa, y cuando van a la calle miran a todos lados en su busca, reparten copias de su fotografía "por si alguien lo ha visto". Durante la noche, el sueño se les interrumpe cuando creen verlo u oírlo. Es una desazón dolorosa que padecen meses y años enteros los familiares de los desaparecidos.

La cifra más aceptada es la de diez mil familias sometidas a este tormento; se ha documentado la desaparición de nueve mil y se cree que, sumados los casos no denunciados, pueden llegar a ser quince mil, o sea que cada día comenzaron ocho historias como la que contó en la televisión, una mujer, madre de familia, sobre su esposo: "Me lo desaparecieron un 20 de diciembre. Salió de la casa a las ocho de la mañana y nunca más lo volví a ver."

Ella y los representantes de la Asociación de Familiares de Desaparecidos (ASFADDES), en la marcha del seis de marzo, denunciaron que su sufrimiento no cuenta, que los desaparecidos han llegado a ser una cifra, nada más, y que nunca habrá respuesta para sus preguntas: ¿Quién los desapareció? ¿Por qué? ¿Dónde los tienen?

Una mujer dijo, con un escalofriante alivio, que su hija había desaparecido un 7 de abril y que cuatro días después encontró su cadáver. Para algunas víctimas de la desaparición llega a convertirse en un consuelo recibir o saber dónde está el cadáver del desaparecido porque así termina la agonía de la espera, como la que ha mantenido durante 12 años la esposa que agradeció la oportunidad que le dio un reportero de televisión para decir ante la cámara: "si alguien lo ha visto o si está muerto díganmelo." Y mostraba una vieja fotografía y un número de teléfono, para ponerle fin a doce años de espera.

Este testimonio y otros semejantes explican por qué la desaparición ha sido llamada "la violación más perversa de los derechos humanos". Es la negativa del derecho de un individuo a existir, a tener una identidad. Convierte a una persona en un ser no existente. Es el grado más avanzado de corrupción y de abuso del poder como método de represión contra los opositores políticos.

La otra desaparición

En Colombia esa tortura del desaparecimiento se ve agravada por un dolor más: la agonía de recuperar el cadáver del desaparecido. Una de esas víctimas asistió a la audiencia en donde el alias don Berna, un jefe paramilitar, debía responder por los cadáveres de sus víctimas. Lo vió abrir, con la helada lentitud de cualquier hombre de negocios, el maletín de cuero, para sacar uno a uno los legajos con los datos de su declaración. Al término de la sesión aquella mujer sabía que en 14 fosas se encontraban 300 cadáveres, ¿cuál de ellos sería el suyo? Podría reconocer las ropas de su hija, si es que se las podía recuperar; podría identificarla por la dentadura, pero nada más podría guiarla entre aquellas osamentas confundidas con el barro y con la piedra.

La desaparición no es solo de los vivos; los desaparecen hasta después de muertos. Es un empecinado tormento que no termina con la noticia de la muerte del desaparecido; se renueva y se mantiene durante la búsqueda de sus restos, tanto más incierta y cruel cuando se sospecha que ese cuerpo pudo ser descuartizado y arrojado a una laguna o a un río. Según los reportes de la fiscalía entre el 2006 y el 2008 el alivio por el hallazgo e identificación de los cuerpos fue para 124 familias. Quedaron a la espera otros 1251 exhumados de 1054 fosas.

Noche y Niebla

La desaparición de personas es un mecanismo criminal que inicialmente aplicó Hitler para deshacerse de sus opositores. El 7 de diciembre de 1941 expidió el decreto conocido como "Noche y Niebla" que permitía a las autoridades militares hacer frente, de forma sumaria y eficaz, a la insurrección comunista en los territorios ocupados. Entonces se fusilaba entre 100 y 500 comunistas por la muerte de cada soldado alemán; pero esto no fue suficiente y se optó por deportar a los opositores a Alemania. De modo que al desaparecerlos no había cuerpo del delito y "dejaba a la familia y a la población en la incertidumbre respecto de la suerte corrida por el delincuente", según el texto del decreto.

En el Tribunal de Nuremberg la desaparición fue condenada como crimen de Estado, puesto que hasta entonces había sido utilizada contra los opositores al régimen y así habría de ocurrir en Centroamérica, Argentina y Chile. Al colombianizarse, esta práctica fue aplicada para perseguir opositores políticos, como ocurrió bajo el Estatuto de Seguridad del presidente Julio César Turbay y, después, con los desaparecidos del Palacio de Justicia, por parte de los cuerpos de seguridad. Pero, además, los grupos armados ilegales utilizan la desaparición como arma para difundir el terror.

Veredas como La Esperanza, en Carmen de Viboral, eran tranquilas hasta el 21 de junio de 1996 cuando la gente de Ramón Isaza llegó a la casa de los Gallego: "se llevaron a mi esposo, a dos hermanos, a un primo. Le hemos reclamado a todo el mundo y logramos que Isaza nos recibiera", cuenta doña Flor. Tenía la esperanza de obtener el dato para exhumar y darle digna sepultura a los suyos. La respuesta fue brutal: "nosotros no enterramos a la gente; la tiramos al río."

Un mecanismo de guerra y de extorsión.

Desaparecer a una persona para multiplicar el terror es parte de la guerra paramilitar contra la guerrilla o viceversa. Tanto paramilitares como guerrilleros han incorporado el desaparecimiento a sus técnicas de guerra. También es un arma eficaz para extorsionar. De un registro oficial de 306 desaparecidos de los paramilitares, 113 fueron parte de una operación de extorsión.

En la marcha del 6 de marzo figuraba en unas camisetas el nombre de Raúl Riaño, desaparecido desde el mes de agosto de 2005. Cuando transcurrían las primeras largas veladas de espera, la familia Riaño recibió la orden telefónica de vender todos sus bienes para reunir 5 mil millones de pesos, como rescate. Una prueba de supervivencia, agregó la bronca voz anónima, llegaría si entregaban un adelanto inmediato de 50 millones.

Algunas víctimas han pagado rescates, presionados por las amenazas y los ofrecimientos de los desaparecedores y han recibido a cambio la noticia de la muerte del desaparecido o, como le oyeron decir los periodistas a la indignada y adolorida esposa de un comerciante: "nos tienen esperando la noticia de la entrega o localización del cadáver."

Motivos para desaparecer

Como en los tiempos de los nazis, en Colombia la gente desaparece por ser o parecer comunista. Campesinos de asociaciones rurales, sindicalistas, activistas de movimientos sociales, profesores de universidad, o estudiantes, han desaparecido por esa razón: eran o parecían comunistas. Una familia antioqueña cuenta, aún asombrada, la historia de la hija que regresó después de una misteriosa y larga ausencia. Enterados de su inminente llegada le prepararon una fiesta de recibimiento. Pero la madre pasó, repetinamente de la alegría al desconcierto y al terror cuando, al final de la celebración, ella le dijo: "tengo que volver, porque si no lo hago ustedes correrían peligro." Nada garantizaba, en efecto, que otro miembro de la familia no fuera desaparecido por unos grupos armados que se consideran investidos de la misión de borrar a la izquierda, sobre todo si es comunista, de la vida del país.

Un líder político local, en Valledupar denunció otro motivo para desaparecer cuando contó su propia experiencia de 80 días de noche y niebla, que fueron suficientes para que otro grupo político se impusiera en las urnas. El uso de la desaparición como arma electoral, o como mecanismo de extorsión, o como recurso de guerra, involucró a Colombia en lo más avanzado de la corrupción y del abuso del poder, situación que se hizo patente con motivo de la desaparición de Alirio de J. Pedraza, un abogado que fue detenido por una patrulla militar que exhibió una orden de captura, ilegal, de la primera Brigada del ejército. Su desaparición fue relacionada con su actividad como defensor de Nydia Erika Bautista, vinculada al M19, ella también desaparecida por la Brigada 20 en agosto de 1987 y hallada muerta en el cementerio de Guayabal tres años después. El Estado fue hallado responsable de desaparición y homicidio por la Corte de Derechos Humanos.

Las respuestas

Las dos brigadas militares habrían sido condenadas también en 1821 en aplicación del artículo 164 de la Constitución de ese año. Desde entonces, hasta 1991, las constituciones han condenado la desaparición forzada.

Pero los lentos e insensibles organismos del aparato estatal no obedecen a la sensibilidad constitucional. Lo sienten por estos días los familiares que buscan a sus desaparecidos en las fosas que abrieron los desaparecedores. Los funcionarios se ven recargados de trabajo, limitados a sacar huesos que rara vez pueden identificar, sin una base de datos sobre los parientes de las víctimas, maniatados ante el costo de una prueba de ADN de un millón y medio de pesos. Para ellos la entrega de un cadáver identificado es un triunfo contra las limitaciones y la escasez de recursos.

Las víctimas, sin embargo, reunidas en asociaciones, mantienen una actitud combativa para derrotar la indiferencia de la sociedad, la impunidad y la desesperanza, que son sus enemigos. Frente a la iglesia de la Candelaria, en Medellín inspiradas por las Madres de la Plaza Mayo de Argentina, la asociación Madres de la Candelaria, caminos de esperanza, reúne semanalmente a un conmovedor grupo de víctimas de las desapariciones. Se ayudan entre sí, lloran y esperan juntas, y han creado el ambiente propicio para hechos como el que golpeó la sensibilidad de los periodistas de televisión que se documentaban sobre el tema.

La primera imagen que vieron en aquel barrio pobre fue la de una mujer sola, de 50 años, asomada a la ventana de una casa de madera. Querían escuchar y grabar su historia, que ella fue reconstruyendo mientras alisaba en unos moldes redondos unas arepas de maiz que ponía a asar en una hornilla eléctrica. Así contó la historia de sus desaparecidos y de sus interminables esperas, de su pobreza y desamparo y de su soledad. Todo cambió el día en que vio pasar, como una sombra, a una mujer, más sola, más pobre y más desamparada que ella. Le habían desaparecido a los hijos y al esposo, lo había perdido todo, hasta la razón, y vagaba por la calle sin rumbo, con apariencia de mendiga, comiendo sobras cuando las había. La angustia de su condición la había dejado sin habla. Al verla, la fabricante de arepas la invitó a compartir con ella su pobreza, su soledad y su tristeza. La llevó a la Asociación, la acompañó para inscribirla en el Sisben, le devolvió la esperanza en los días en que no quería vivir y asistió a la lenta recuperación del habla y de la razón, y entramabas comenzaron a alimentar la ilusión de que algún día sabrán de sus desaparecidos.

Cuando terminaron de grabar, los periodistas comprendieron que habían sido testigos de los dos extremos que hoy por hoy son posibles en Colombia.

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