Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine › Columnistas › Christopher Hitchens

Primero vinieron por los cerdos

The New York Times
Christopher Hitchens

Christopher Hitchens
The New York Times

De acuerdo con todos los informes recientes, la antigua ciudad del Cairo le presenta ahora al mundo la imagen de una pila creciente de basura en putrefacción. Nada de nuevo, piensa usted. Las calles nunca fueron exactamente organizadas, y los niveles de ruido, tráfico y contaminación son objeto de espanto. Cuando visité este lugar por primera vez, me sorprendió encontrar a personas viviendo con mucha dignidad y altivez entre las tumbas y piedras de los grandes cementerios del Cairo, denominados "las ciudades de los muertos". También me impresionó el número y la variedad de animales viviendo uno al lado del otro, por así decirlo, en medio a autobuses y taxis, con la población humana.

Mirando hacia abajo, desde la ventana alta del Hotel Shepheard's, vi que una persona osada, en un edificio cercano, sin ascensor, logró colocar un pequeño rebaño de cabras en su techo. Uno podía encontrar otros rebaños en las vías públicas. Y el más útil de los animales, el cerdo, estaba realizando una gran cantidad de trabajo excelente de forma discreta. Como grandes consumidores de residuo orgánico, los cerdos son difíciles de superar. Ellos abrían camino, masticando grandes cantidades de estos residuos, muy frecuentemente bajo la supervisión tácita de la numerosa minoría cristiana del Cairo.

Debo utilizar el tiempo pasado para referirme a estos nobles animales, pues en la primavera de este año, los mataron a todos bajo órdenes del gobierno egipcio. Esta acción loca cambió la escena de la basura en el Cairo de "horrible" para "próximo a lo catastrófico". Recibí la alegación, por el régimen del presidente Hosni Mubarak, sin cualquier base en evidencias, que los propios porcinos eran los portadores de la así denominada "influenza porcina". (Varios de mis amigos y parientes ya se contaminaron y se recuperaron de esta infección moderada; todos saben que encuentros reales con cerdos no tienen absolutamente nada que ver con esto.)

Como consecuencia de la masacre de los cerdos, las calles del Cairo están casi inhabitables, y les robaron el sustento a los basureros cristianos, denominados localmente "zabaleen". "Ellos mataron a los cerdos, dejen que ellos limpien la ciudad", de acuerdo con la citación de un ex basurero y criador de cerdos, Moussa Rateb, hablando sobre las autoridades egipcias.

Leí hasta el final del relato de Michael Slackman, ilustrado brillantemente y muy bien escrito, publicado el 20 de septiembre en el The New York Times, con aquella vaga necesidad, que a veces uno siente, de oír la conclusión. ¿Cuando pretendía él mencionar que había algo sectario -posiblemente religioso- en la decisión de, al mismo tiempo, sacrificar los cerdos y rebajar a los cristianos?

Este no sería el único caso de histeria eclesiástica generada por la epidemia. Recientemente, la televisión iraní divulgó una noticia, sugiriendo que el virus de la gripe porcina había sido incubado deliberadamente por los habituales "círculos" cosmopolitas sospechosos y que la vacuna contra él había sido monopolizada por una empresa en la cual el ex Secretario de Defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld, tenía muchas acciones. En mayo, cuando la histeria anticerdos estaba ganando ritmo, hubo una propuesta del Jeque Ahmad Ali Othman, un consejero veterano en el Ministerio de Donaciones Religiosas, para que mataran a todos los cerdos, pues ellos eran los descendientes de aquellos judíos incrédulos que fueron transformados en porcinos en el Corán.

En el caso de que usted no acompañe esta discusión muy tóxica entre escuelas rivales del islamismo militante, hay quienes sustentan que los judíos son la cría de los cerdos y de los monos en los que Alá transformó los herejes, y los que asumen la postura, más moderada, que los herejes transformados en cerdos y monos también fueron maldecidos al ser transformados en seres estériles. La última opinión lleva a la conclusión más benevolente y tolerante que, malos como los judíos eran, ellos por lo menos no pueden estar en una línea directa de parentesco de los animales originales condenados. Vale la pena conocer estas distinciones sutiles.

En un nivel más popular, se dice que los cerdos son sucios porque ellos incluso comen el propio excremento. Ellos no son las únicas criaturas que recurrieron a esto, pero es ciertamente su voracidad que hace con que sean una patrulla de basura tan increíble. Dejar de ver esto en los cerdos es dejar de notar su sentido exacto. También podemos observar que ellos tienen piel y órganos que se pueden trasplantar a los seres humanos, que tienen mucha inteligencia y una proporción impresionante de peso corporal para peso cerebral, además de algunos valores familiares y otros trazos interesantes (No es por casualidad que, en todas las sociedades que no inculcaron preconcepto contra ellos, el folklore de los niños humanos considera a los bebés cerdos como primos.).

Difícilmente podemos imaginar una ciudad o sociedad sin cerdos. Un mundo sin cerdos sería un mundo en el que los humanos hubieran destruido algunos parientes cercanos y algunas criaturas amigas muy útiles. Asimismo, dos de los grandes monoteísmos están comprometidos con un odio irracional y le temen al cerdo (El cristianismo es un poco mejor en esto, si usted omite el cuento horripilante del cerdo gadareno, endemoniado por Jesús. Un cura de la Iglesia Anglicana, que sirvió como misionario en Nueva Guinea, donde las ovejas eran desconocidas, me contó que la metáfora del rebaño cubierto de lana y del pastor había sido sustituida entre los indígenas por predicadores anglicanos que apelaron al Señor para mantener y proteger a sus preciosos lechones.).

Pero ninguna fe está inmune a la ignorancia en este punto. Hace siglos, en Europa, los gatos -especialmente los negros- eran considerados "familiares" de las brujas y los cristianos, que quedaban petrificados con el diabólico y sus mensajeras femeninas, los mataron con una crueldad indignante. La destrucción de los felinos le dio la victoria al ratón y a la pulga que él cargaba, y al casi colapso de la civilización europea. Ahora, la erradicación de los cerdos lleva al avance de la montaña de basura, en la cual sería sorprendente si el ratón y su insecto dañino no hubieran encontrado nuevamente algo dónde agarrarse. Deje esto con las personas de fe. Deje esto con ellas, en el caso de que usted tenga coraje...

Christopher Hitchens es columnista de la revista Vanity Fair y de Slate Magazine (www.slate.com), donde la columna FIGHTING WORDS aparece originalmente. Hitchens ha enviado reportajes desde más de 60 países y ha escrito más de una docena de libros. Los trabajos de Hithcnes han sido también publicados de manera regular en The Atlantic, The New York Times Book Review, Harper's, Newsweek International y The New York Review of Books. Es autor de "Thomas Jefferson: Author of America", publicado por Atlas Books. Su último libro es "God Is Not Great: How Religion Poisons Everything" (Twelve). Artículo distribuido por The New york Times Syndicate.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español