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El llamado cuarto poder ha sido capaz de derrocar presidentes, así lo recuerda la historia de Watergate.
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Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia
Rechazado con ira por los que perdieron su dinero en las pirámides, es recibido con cautela por los políticos, y acogido como personaje en el reinado de belleza. Al periodista le va bien como relacionista público, es apreciado como asesor de imagen y sobrevive como agente de prensa, pero ninguna de estas es su función. Entra en el ojo del huracán cuando investiga y ahonda en la noticia, y ésa sí es su función y la clave de su verdadero poder.
El cuarto poder sirvió para derribar un presidente; así lo recuerda la historia de Watergate; también sirve para sostener presidentes, basta recordar al argentino Galtieri, un militar que se inventó una guerra que apoyó el poder de la prensa. Ese poder mantuvo viva una revolución en Nicaragua en donde La Prensa y Barricada son referentes históricos. Es un poder que mantiene presente en la conciencia de las clases populares todo lo sórdido y vergonzoso de la condición humana. Abran si no las páginas de El Espacio, en Colombia; Gente en Bolivia, Metro en Ciudad de México, La Hora en Chiclayo, La Teja, de Costa Rica o Trome de Lima. Es, por cierto, un poder que genera poder económico como lo puede comprobar una lista larga de medios que salieron de la nada y hoy son poderosos.
Se hizo evidente ese poder entre nosotros, cuando desde debajo de las alfombras, los medios extrajeron la historia de la relación entre políticos y narcotraficantes, que se conoció como Proceso 8000. Esa manifestación de poder, que arrinconó al poder político, no fue tan importante como la que ahora se sigue con el interés de una telenovela demasiado larga: el caso de la parapolítica y sus historias secundarias.
El poder de la prensa acusó y acosó el emblemático poder de los políticos y de los gobernantes, el de los grupos armados ilegales, el de los poderosos narcotraficantes y a las mismas Fuerzas Armadas del país.
Pero si todo poder corrompe, el cuarto poder también sufre el impacto de la corrupción.
Explica el español Aranguren (Ética y Política) que la corrupción del poderoso comienza cuando, perdido el sentido de las proporciones y de la realidad, se siente dueño de la vida y de la muerte y decide actuar como Dios. Los amos de la prensa, que pueden ser los dueños o los directores de medios, o el último de los reporteros, con capacidad para publicar o no publicar la noticia, la entrevista, la fotografía, la grabación o el video, también llegan a creerse dueños de la verdad, de la justicia, o del nombre de las personas; es cuando bordean los abismos de la corrupción, o las cumbres de la exaltación si promueven valores y objetivos altos para la sociedad.
Las manifestaciones caudalosas del 4 de febrero y del 6 de marzo fueron logros de ese poder y lo será la del 28 de noviembre, convocada por Ingrid Betancur y apoyada por la prensa del mundo. Es, pues, un poder ambíguo. Como una espada de dos filos, el poder de la prensa puede ser eficaz en positivo y en negativo.
Está influyendo peligrosamente sobre la justicia y sobre la opinión pública para convertir en culpables a ciudadanos que no han sido condenados por juez alguno. Todo lo que tiene que hacer hoy un acusador, para destruir a un rival político, es obtener la grabación de un testimonio en una cárcel y la fotografía del acusado con algún ocasional contertulio de coctel, y hacer llegar este material a un periódico o noticiero. Con altas posibilidades de éxito, logrará su difusión con titulares y relatos condenatorios.
Tal fue la historia de José J. Arias, un humilde zorrero, acusado y encarcelado tras el escándalo de la prensa que lo exhibió como violador de una niña de 8 años. La prueba científica de ADN demostró que el poder de la prensa, con tal de articular una historia sensacional, se había usado contra un inocente.
Ese poder también se puede volver contra todo un sector de la población. De creerles a los medios que acusaron a los indígenas del Cauca y otras etnias que marcharon en demanda de sus derechos, se trataría de terratenientes, porque así lo dijo el gobierno en contra de los estudios que demuestran que los nevados, las selvas amazónicas y los suelos estériles no sirven para cultivar, y esas extensiones son las que elevan los porcentajes proclamados por el ministro de agricultura y difundidos por los medios.
Los medios que agregaron la acusación de terroristas y que, con el gobierno, descubrieron una infiltración de las FARC entre los corteros de caña del Valle, quisieron sumar a su poder el poder oficial.
En cambio los que no se dejaron deslumbrar por el brillo del poder y prefirieron las tareas grises y poco comerciales de investigar y de servir con información sólida a la sociedad, descubrieron la esencia y el verdadero poder de la prensa, que es el servicio.
Entre esos dos filos, la prensa-poder y la prensa servicio, nos movemos los colombianos.
Terra Magazine