
Ana Paula Sousa
San Pablo, Brasil
Al director argentino Carlos Sorín le encantan los silencios y los paisajes en los que la naturaleza todavía domina al hombre. En su último trabajo, La Ventana, que estrena hoy en Brasil, el cineasta vuelve a ejercitar su narrativa simple, opuesta a la idea de cine como espectáculo.
La película narra la llegada de la muerte, pero su registro no es el de la tragedia. Sorín quiere mostrar la vida que resta en sus detalles significativos, en las pequeñas cosas que los ojos apresurados son incapaces de ver.
El escritor uruguayo Antonio Larreta hace el papel del hombre de 80 años, que enfermo ve el mundo por la ventana de la habitación. Acompañaremos a ese hombre en el día en que su hijo, que vive en Europa, regresará a la Patagonia para visitarlo.
Carlos Sorín, que ganó el León de Plata en el Festival de Venecia en su estreno con La Película Del Rey (1996) y sólo volvió a tener éxito años después con Historias Mínimas (2002), estuvo en San Paulo esta semana para el lanzamiento La Ventana. En esta entrevista defiende su cine mínimo y provoca: "Esta es una película para espectadores activos, no pasivos".
Terrra Magazine: Tuviste un fracaso después de ganar en Venecia y ahora decidiste contar sólo Historias Mínimas. ¿A qué se debe esa elección?
Carlos Sorín: A partir de Historias Mínimas, siempre quise hacer películas con un equipo pequeño, que me permitiera cambiar los planes en el trascurso del proceso. Si trabajas con equipos enormes, hay una serie de cosas que deben seguir. Y mi manera de trabajar es, justamente, salir del programa previsto. Me siento más cómodo en ese terreno. Me gusta contar historias breves. En este momento, no me veo en una película grande.
¿Quién financia sus películas?
Yo.
¿Una película paga a la otra?
Obviamente, claro.
Eso en Brasil nunca sucede.
Mis películas tienen presupuestos muy bajos. Por eso es posible hacer una película, con la plata de la otra. La Ventana costó 260.000 dólares. Es poco, pero aún así me parece mucho. (Risas).
¿Trabajar con poco dinero es una opción?
Sí, hay grandes ventajas en trabajar de esa forma. Primero, usted puede fallar. Si una película cara fracasa, es un desastre financiero. Como trabajo con cifras bajas, puedo recuperar la inversión con las ventas internacionales. No es una decisión estrictamente económica. También es una decisión de lenguaje qué tipo de cine vas haces. Si me dan un millón de dólares, no sé qué historia contar.
¿Le hace mal al cine el exceso de dinero?
Nosotros, en Argentina, vivimos en crisis. Entonces, hacemos el cine de la contención. No es que se hagan películas sin recursos. Es, sólo, que cada proyecto tiene el tamaño adecuado. Mis películas son pequeñas por su propia naturaleza. Es en ese cine que creo.
¿Es así desde que empezó la carrera?
No, es así en esta segunda etapa que empieza con H M. Después de Venecia, tuve un fracaso, después un gran vacío, cuando hice publicidad, y entonces pasé hacer ese tipo de películas. Esa no sería una tendencia de un cierto cine contemporáneo. Cuando pensamos en los hermanos Dardenne, en la película rumana que ganó Cannes (Cuatro Meses, Tres Semanas y Dos Días), se puede. La presencia avasalladora de Hollywood, que ocupa todas las salas, también hace con que crezca un cine de la diversidad. Hay un público interesado en otro tipo de cine. En los cines independientes hay una cierta tendencia al realismo y a producciones menores. Muchas de las películas que me agradan mucho son pequeñas, apoyadas en relatos, en ideas, no son películas de producción. Las películas de Alexander Sokurov, que es un maestro, son baratísimas. En esas películas, la mirada del director tiene importancia. Es muy difícil que en las películas con presupuestos millonarios el director sea, de hecho, autor.
¿La reacción al cine hegemónico se daría entonces con las H M?
En países europeos eso es evidente. Hay todo un mercado preparado para ese tipo de cine. La Ventana estrenó en siete salas en Argentina y en Francia sesenta. En festivales como Rotterdam y Toronto, el mercado del cine independiente es grande, ciertamente, hace 20 años no era así. Creo que eso es el efecto del dominio de Hollywood. Las personas empezaron a sentir la necesidad de otro tipo de cine, de películas que también vinieron de las periferias del mundo.
¿Cuál fue su búsqueda en La Ventana?
Al principio, la película era más larga, más compleja. A lo largo del tiempo, fuimos decidiendo dejarla sólo con lo imprescindible. Intenté llegar a lo esencial y alcanzar la eficacia con el menor número de elementos posible. El método fue el de sacar cosas.
¿Qué le diría usted al público brasileño que verá su película?
Esa es una película para un público activo, no pasivo. Para un público que quiera completar la película durante la proyección. Hay muchas cosas sugeridas, ocultas o no dichas. La película tiene un ritmo para que el espectador tenga tiempo de pensar, tiene un tiempo que no es para espectadores ansiosos.
Terra Magazine