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La ilusión de estar informados

AFP
Hugo Chávez junto a Clara Rojas, una de las liberadas por las FARC.

Jorge Barreiro
Montevideo, Uruguay

Las nuevas tecnologías de la comunicación aceleraron la circulación de información, diversificaron las fuentes informativas, multiplicaron el número de quienes reciben y emiten información y abarataron el acceso a la misma. Gracias a Internet, a los periódicos virtuales, a las cadenas internacionales de televisión por cable, a los servicios informativos para teléfonos celulares, el ciudadano contemporáneo parece haber colmado su capacidad de recibir información en forma casi instantánea.

El flujo de información es de tal magnitud que, de seguir incrementándose, el receptor de la misma puede terminar naufragando en un mar de datos carentes de significación. O peor, convirtiéndose en una víctima del fenómeno, incapaz de desentrañar el sentido de los datos que recibe cada día, cada hora, cada minuto. A pesar de la complacencia que suelen exponer los usuarios de esos servicios, es dudoso que por sí misma la mera acumulación de información vaya a transformar a quien recibe cada vez más información en un sujeto capaz de situarse en el mundo en el que vive o de tomar decisiones más justas, razonables o incluso más apropiadas a sus intereses.

No se trata de detener este desarrollo ni de negar las evidentes potencialidades que tienen las nuevas tecnologías de la información, sino de volver a formularse la vieja pregunta acerca del significado de ese "estar informados" que, tengo la sensación, en los últimos tiempos se ha convertido en una mera acumulación de datos que a veces se expone orgullosamente como un trofeo, pero que no siempre equivale a saber más o a comprender mejor aquello que se pretende conocer.

Eso que llamamos noticia no cae de los árboles, como las frutas maduras. Es un producto elaborado, construido por sujetos que interpretan lo real, que seleccionan, descartan y jerarquizan. Tales operaciones son una exigencia resultante de la imposibilidad de dar cuenta del todo y de otra acaso más básica: la necesidad de interpretar, pues los hechos desnudos no nos hablan de las relaciones causales que existen entre ellos (a pesar de lo que sostiene el lugar común, si hay algo que no hacen los hechos es "hablar por sí mismos"). Sin establecer relaciones entre los sucesos y acontecimientos, es decir sin interpretar, lo real se nos hace ininteligible, sin interpretar apenas podemos dar cuenta de una suma de acontecimientos inconexos, que se nos presentan a nuestros sentidos como un caos.

Para empezar, esa operación sería imposible sin el lenguaje. Incluso si fuera posible poner uno al lado del otro todos, absolutamente todos los acontecimientos que ocurren en el mundo en un determinado lapso, tampoco obtendríamos una idea acabada de "lo real" si no abstraemos e interpretamos. La única forma que habría de citar un hecho sin convertirlo en discurso (por tanto, en interpretación) consistiría en señalarlo con el dedo. Supongo que a esta constatación se le puede aplicar la sentencia de que "no hay hechos, sólo interpretaciones". Esta exigencia ineludible de interpretación podría ser desechada si la apariencia y la esencia de las cosas coincidieran, si fueran idénticas como dos gotas de agua entre sí. Pero sabemos que eso no ocurre nunca, los hechos nunca son transparentes ni exponen de buenas a primeras su verdad a la mirada del observador. El hecho como tal es un fenómeno singular e insignificante. En sí mismo carece de sentido. Dotarlo de sentido y significación es una operación de un sujeto.

La noticia es nada más y nada menos que el resultado de esas operaciones de selección e interpretación de lo real. De ellas derivan su irrevocable ambivalencia y su carácter esencialmente controvertible. El más elemental de los cuestionamientos que se le puede formular a cualquier hecho convertido en noticia consiste en preguntar por qué se convirtió ese hecho en información noticiosa y no otro. Sin establecer esas relaciones entre la catarata de hechos que los medios electrónicos y televisivos vomitan sin solución de continuidad (es decir sin interpretar) la satisfacción de "estar informados" o de "saber-lo-que-ocurre" que late en el alma del ciudadano contemporáneo es una pura ilusión.

Va de suyo que los propios medios pueden ayudar a sacar del marasmo y la perplejidad que suscitan los millones de bytes que surcan las pantallas. Pero para ello deben desembarazarse de la ilusión de la objetividad, de la creencia en que los "hechos hablan por sí mismos" y analizar e interpretar sin complejos (quehaceres que obviamente nada tienen que ver con la propaganda ni la retórica ideológica).

Los recientes episodios de la fracasada liberación de tres rehenes en poder de las FARC colombianas vienen muy a cuento para ilustrar el laberinto en el que podemos desembocar cuando somos presa del fetichismo de la información, de la exigencia de saber "lo que está pasando", cuando en el fondo nada sabíamos de lo que realmente estaba ocurriendo. Porque enterarse de "lo que pasa", sin comprender por qué pasa, se parece demasiado a coleccionar anécdotas. Y comprender esos por qué no es un asunto que dependa de la mayor o menor sofisticación de los recursos tecnológicos de que se disponga.

Por razones laborales no tuve más remedio que seguir hora a hora el novelón de la liberación de tres rehenes en poder de las FARC. A pesar de haber alternado la lectura de cinco de los diarios más prestigiosos del mundo, de ver en directo a las grandes cadenas de información continua y de trabajar en una agencia de prensa, no me enteré más que de anécdotas y declaraciones oficiales: que si las FARC estaban por entregar las famosas coordenadas en la selva, que si el niño Emmanuel estaba en poder de las FARC o en una institución del Estado colombiano, que si había o no operaciones militares en la zona que impedían la entrega de los rehenes, que si los miembros de la comisión internacional de garantes sufrían el calor tropical o si las escenas que nunca llegaron a producirse iban a ser filmadas por un famoso director de cine norteamericano...

A pesar de la avalancha informativa, las preguntas más elementales que se puede formular cualquier ciudadano mínimamente perspicaz y con afán de comprender quedaron sin responderse: ¿cómo es posible que se frustrara una liberación de rehenes aparentemente voluntaria y no sujeta a contrapartida alguna?, ¿por qué las FARC no depositaron a los rehenes en la frontera con Venezuela, esa misma frontera que los narcoguerrilleros cruzan asiduamente sin que los militares de uno y otro país lo impidan?, ¿qué intereses perseguían cada una de las partes involucradas en los episodios?, ¿estaba realmente interesado el gobierno de Uribe en que esta historia terminara con la liberación de los rehenes?, ¿por qué anunció en un momento tan delicado (y antes de tener las pruebas genéticas) que las FARC no tenían en su poder al niño que supuestamente iban a entregar?, ¿qué vínculo mantiene Hugo Chávez con las FARC?, ¿qué favores le deben las FARC a Chávez como para haberle prometido la entrega de unos rehenes que no estuvieron dispuestas a negociar con el gobierno colombiano?, ¿por qué invirtió Chávez tantas energías, dinero y credibilidad política en esta suerte de mediación?, ¿por qué las FARC no cumplieron el compromiso que asumieron?, ¿qué papel juegan los gobiernos de Argentina y Brasil?, ¿por qué esta frustrada liberación de rehenes acaparó la atención del mundo cuando el secuestro, el rescate o la muerte de rehenes es pan de cada día en los cinco rincones del planeta? Son apenas algunas que se me ocurren en el momento en que escribo estas líneas.

A pesar de la generalizada ilusión de estar informados, de creer que sabemos lo que ocurre, nadie encontró respuestas satisfactorias a ninguna de estas preguntas en los miles de mensajes que emitieron las cadenas de televisión, las radios, las páginas web. De modo que, como ocurre a menudo, los receptores de la profusa información que circuló en estos días proveniente de Colombia no terminaron formándose una idea de lo que estaba ocurriendo por los rutinarios datos que llegaban a su pantalla, sino debido a sus preconceptos e inclinaciones ideológicas y, en última instancia, a la credibilidad que les merecieran cada uno de los actores involucrados. A la postre, las opciones de los muy informados ciudadanos parecían reducirse a un "yo le creo a Chávez", "yo le creo Uribe" o "yo les creo a las FARC"... Lo que no deja de ser una paradoja en una época que se ufana de servirse de la razón, la ciencia y la tecnología.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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