
|
AFP
Imagino las enormes listas de reclutamiento: necesitamos cuerpos, cuerpos. Cuerpos robotizados, descerebrados: Goulart.
|
En mi opinión, lejos de significar una conquista de los terrícolas, la fiesta de apertura de los Juegos Olímpicos fue un espectáculo antihumano, una oda a la banalización del individuo, convertido en lo que no es (o lo que no debería ser), es decir, parte de un engranaje, una tuerca o tornillo de una máquina gigantesca donde cada cabeza es sólo un punto a ser sumado al todo: un pixel de una pantalla en movimiento.
Siete años de ensayo, dijeron. Imagino las enormes listas de reclutamiento: necesitamos cuerpos, cuerpos. Cuerpos robotizados, descerebrados. Cuidado con el cabello: no corten de más, no emparejen de menos. No engorden, no adelgacen. Únicamente colóquense en orden. Cada columna de personas con su líder. Cada líder con su silbato.
Por cierto, están los que vuelan por encima de los miles de cabezas genéricas. Está el ser humano que creó el escenario; otro, la coreografía. Sí, en un lugar u otro, alguien tiene nombre. El hombre ordinario precisa al sujeto extraordinario (y viceversa). De modo que la masa humana esté allí interpretando el papel escrito para ella desde siempre: el de masa humana. Y sobre ella, los solistas. Aquellos que van a volar, cantar, brillar. Los que rechazan el plano general y exigen un acercamiento de la televisión.
Siete años de masacre de una repetición sin fin, de un gesto continuo, de la búsqueda desesperada de la simetría que precisaba minimizar el "ser", anular, repetir y repetir hasta obtener el "no ser". Nunca existirá algo así... sólo China con el tamaño que tiene todavía tiene fe en el trabajo esclavo. No existe en el planeta nada parecido. Millones de seres produciendo lapiceras, jeans, zapatos y chucherías, sin derechos, oportunidades o libertad. Ante esto, la repetición de gestos en un estadio hasta el agotamiento no es un misterio. Por el contrario, debe haber sido una honra.
Aún así, a pesar de la masacre de sumisión colectiva, la producción inequívoca de lo bello. Sí, hubo belleza en aquella unión de almas, en su oda moderna (o primitiva, como sea). Es así porque sabemos diferenciar lo bello, sabemos lo que es el color, la luz, el fuego, la música. Sabemos del espectáculo de la vida y el efecto que esto nos produce. Lo que no sabemos es convertir esta riqueza de conocimiento y técnica en algo viable, deseable y posible, para todos los individuos.
Pero la paradoja más grande está en la propia realización de los Juegos, en los que los atletas se extenuaron en busca de la victoria, de un récord. Los atletas buscan algo que los haga sobresalir, que los saque de la masa. Cualquier cosa, menos esa especia de clonación made in China, que cada vez más multiplica cuerpos y elimina corazones.
* José Pedro Goulart es cineasta y periodista.
Terra Magazine
» Los gigantes se encuentran en Lima